En una época en la que muchos padres se preocupan profundamente por la felicidad, la confianza y el bienestar emocional de sus hijos, se pasa por alto cada vez más una responsabilidad importante de la crianza: la de corregirlos. Si bien el amor, el afecto y el ánimo son esenciales para criar a un hijo, también lo son enseñarle a distinguir entre el bien y el mal, establecer límites y corregirlo cuando los traspasa. Un niño no sabe de forma innata qué es aceptable y qué no lo es. Necesita orientación, y esa orientación a veces requiere que el padre diga: «Esto está mal» y lo corrija con firmeza.
La corrección no es señal de que un padre no ame a su hijo. De hecho, una corrección adecuada es una expresión del amor y la preocupación de un padre. Cuando un padre observa que su hijo está adquiriendo un mal hábito, comportándose de manera irrespetuosa o descuidando una responsabilidad importante, guardar silencio no ayuda al niño. Permitir que cada error pase desapercibido puede mantenerlo feliz en el momento, pero contribuye poco a prepararlo para la vida. Un niño necesita padres que lo guíen con amor, le enseñen con firmeza cuáles son los límites y le ayuden a comprender que sus acciones tienen consecuencias.
Uno de los mayores errores que se pueden cometer en la crianza de los hijos es confundir el amor con una actitud permisiva. Es posible que un padre piense que corregir a su hijo lo disgustará, hará que se distancie o le hará sentirse mal consigo mismo. Como resultado, ciertos comportamientos se pasan por alto de forma reiterada. Se tolera la falta de respeto, se justifica la desobediencia, se descuidan las responsabilidades y se resta importancia a los errores. Sin embargo, con el tiempo, lo que al principio era un comportamiento menor puede convertirse en un hábito profundamente arraigado.
Los niños deben aprender desde temprana edad que hay ciertas cosas que simplemente no son aceptables. Un niño que habla con falta de respeto a sus padres necesita ser corregido. A un niño que miente se le debe enseñar la gravedad de la deshonestidad. A un niño que se niega a cumplir con sus responsabilidades se le debe recordar su deber y, cuando sea necesario, disciplinarlo. Un niño que es descuidado con su Salah necesita ser guiado y alentado a cultivar la puntualidad y el compromiso. Estas lecciones no siempre pueden impartirse mediante sugerencias amables; hay momentos en los que resulta necesaria una reprimenda firme.
El Corán y los hadices ponen gran énfasis en la responsabilidad que tienen los padres de educar y guiar a sus hijos. Al·lah Ta‘ala dice: «¡Oh, creyentes! Protegeos a vosotros mismos y a vuestras familias de un Fuego cuyo combustible son las personas y las piedras» [Surah At-Tahrim, aleya 6]. Esta responsabilidad no se cumple simplemente proporcionando a los hijos alimento, ropa, educación y comodidades materiales; también implica protegerlos de conductas perjudiciales, enseñarles sus obligaciones y corregirlos cuando se desvían del camino correcto.
El Mensajero de Al·lah ﷺ también destacó la importancia de enseñar a los niños a realizar la oración desde pequeños. Dijo: «Ordenad a vuestros hijos que realicen la oración cuando tengan siete años y disciplinadlos al respecto cuando tengan diez» [Sunan Abi Dawud, n.º 495]. Esto demuestra que la educación y formación integral (Tarbiyah) implican más que simplemente explicar qué es lo correcto. Llega un momento en que los padres deben exigir obediencia y tomar las medidas adecuadas cuando un niño descuida deliberadamente lo que se le ha enseñado.
Sin embargo, no se debe confundir la corrección con la ira, la humillación o el hecho de buscar defectos constantemente. El propósito de la corrección no es hacer que el niño se sienta insignificante ni desahogar la propia frustración. Se debe corregir al niño porque su comportamiento necesita cambiar; por tanto, los padres deben centrarse en corregir la acción en lugar de atacar al niño mismo.
Un niño que es corregido con sabiduría aprende que los errores tienen consecuencias, que existen límites y que es responsable de sus actos. También adquiere una cualidad importante que le beneficiará a lo largo de su vida: la capacidad de aceptar la corrección. Si un niño crece protegido de toda forma de crítica y corrección, podría tener dificultades más adelante cuando un maestro, un empleador, su cónyuge u otra persona señale sus defectos.
Al mismo tiempo, la corrección no debe convertirse en la única interacción que el niño tenga con sus padres. Del mismo modo que los padres deben estar preparados para corregir al niño cuando actúa mal, también deben reconocer sus aciertos para animarlo y levantarle el ánimo cuando se sienta decaído.
Esta cualidad de levantar el ánimo de las personas también estaba presente en la bendita vida del Mensajero de Al·lah ﷺ.
En una ocasión, un Sahabi (compañero) llamado Zahir (radiyal·lahu anhu, que Al·lah esté complacido con él) se encontraba en el mercado cuando Rasulul·lah ﷺ se acercó a él por detrás y lo abrazó. Zahir (radiyal·lahu anhu), sin saber de quién se trataba, exclamó: «¡Suéltame! ¿Quién es?». Sin embargo, al darse cuenta de que era Rasulul·lah ﷺ, no quiso que el abrazo terminara. Presionó su espalda contra el bendito pecho de Rasulul·lah ﷺ, deseando permanecer en su abrazo.
Rasulul·lah ﷺ dijo en tono jovial: «¿Quién comprará a este esclavo?». Zahir (radiyal·lahu anhu) respondió con humildad: «¡Oh, Rasulul·lah ﷺ! ¡Por Al·lah, verás que tengo poco valor!». Entonces, Rasulul·lah ﷺ respondió con unas palabras que capturaban la esencia de su capacidad para elevar los corazones. Dijo: «Pero ante Al·lah, no careces de valor». [Musnad Ahmad, n.º 12648].
Nuestros hijos son un Amanah (un depósito de confianza) de Al·lah Ta‘ala, y criarlos requiere más que satisfacer sus necesidades físicas. Necesitan padres que les enseñen con paciencia, los guíen con amor y los corrijan con valentía cuando sea necesario.
Un niño que es corregido con amor hoy puede verse protegido de un error mucho mayor mañana. La corrección que en el momento resulta difícil puede convertirse en la guía que forje su carácter para los años venideros.