Ziyad Bin Abi Ziyad (rahimahul·lah) era esclavo del compañero (Sahabi) Abdul·lah Bin Ayyash (radiyal·lahu anhu). Era un asceta piadoso y uno de los grandes ulemas de su época. Ziyad (rahimahul·lah) mantenía una estrecha relación con Umar Bin Abdil Aziz (rahimahul·lah), con quien a menudo sostenía largas conversaciones en privado. [Tabaqat Ibn Sa’d, vol. 5, pág. 305; Siyaru A’lamin Nubala, vol. 5, pág. 456].

En cierta ocasión, Abdul·lah Bin Ayyash (radiyal·lahu anhu) envió a Ziyad (rahimahul·lah) a Umar Bin Abdil Aziz (rahimahul·lah) para que atendiera algunos asuntos en su nombre.

Cuando Ziyad (rahimahul·lah) entró, encontró a Umar Bin Abdil Aziz (rahimahul·lah) con un escriba que estaba escribiendo. Ziyad (rahimahul·lah) lo saludó con el Salam, y Umar Bin Abdil Aziz (rahimahul·lah) le devolvió el saludo.

Al cabo de un rato, Ziyad (rahimahul·lah) volvió a saludarlo con el Salam. Entonces, Umar Bin Abdil Aziz (rahimahul·lah) le dijo: «¡Oh, hijo de Abu Ziyad! No hemos pasado por alto tu primer saludo».

Mientras tanto, el escriba leía ante Umar Bin Abdil Aziz (rahimahul·lah) informes sobre injusticias que habían tenido lugar en Basora. Después, Umar Bin Abdil Aziz (rahimahul·lah) invitó a Ziyad (rahimahul·lah) a sentarse.

Ziyad (rahimahul·lah) se sentó en el umbral de la puerta mientras el escriba continuaba leyendo. Al escuchar los informes, Umar Bin Abdil Aziz (rahimahul·lah) soltó repetidamente profundos suspiros.

Cuando el escriba terminó, Umar Bin Abdil Aziz (rahimahul·lah) pidió a todos los presentes que salieran de la estancia, incluido el joven sirviente que se encontraba allí. Luego, se acercó a Ziyad (rahimahul·lah), se sentó frente a él, puso las manos sobre sus rodillas y le preguntó: «¡Oh, Ibn Abi Ziyad! ¿Te abriga bien esa prenda que llevas puesta?». En aquel momento, Ziyad (rahimahul·lah) vestía una prenda de lana.

A continuación, Umar Bin Abdil Aziz (rahimahul·lah) preguntó por las personas piadosas de Medina, tanto hombres como mujeres, sin dejar a nadie fuera. También se interesó por los asuntos que había ordenado atender en Medina, y Ziyad (rahimahul·lah) le informó al respecto.

Después, reflexionando sobre la inmensa responsabilidad que conlleva el liderazgo y sobre la rendición de cuentas que este implica, Umar Bin Abdil Aziz (rahimahul·lah) dijo: «¡Oh, Ibn Abi Ziyad! ¿Acaso no ves en qué situación me encuentro?».

Ziyad (rahimahul·lah) respondió: «Alégrese, oh Líder de los Creyentes. Ciertamente, espero que su destino sea bueno».

«¡Lejos de eso! ¡Lejos de eso!», respondió Umar Bin Abdil Aziz (rahimahul·lah). Entonces comenzó a llorar, hasta el punto de que Ziyad (rahimahul·lah) sintió compasión por él y le dijo: «Oh, Líder de los Creyentes, piense en algunas de las buenas obras que realiza. Ciertamente, tengo esperanzas para usted».

«¡Lejos de eso! ¡Lejos de eso!», repitió Umar Bin Abdil Aziz (rahimahul·lah). Y añadió: «Reprendo a otros, pero nadie me reprende a mí. Golpeo a otros, pero nadie me golpea a mí. Inflijo dolor a otros, pero nadie me inflige dolor a mí».

Entonces comenzó a llorar de nuevo, y Ziyad (rahimahul·lah) volvió a sentir compasión por él.

Ziyad (rahimahul·lah) permaneció allí hasta que Umar Bin Abdil Aziz (rahimahul·lah) hubo atendido los asuntos por los que había acudido. Luego, Umar Bin Abdil Aziz (rahimahul·lah) sacó veinte dinares de debajo de su lecho y le dijo: «Utiliza este dinero para cubrir tus necesidades».

Al principio, Ziyad (rahimahul·lah) se negó a aceptarlo. Entonces, Umar Bin Abdil Aziz (rahimahul·lah) le explicó: «Este dinero procede de mis gastos personales». Siguió insistiendo hasta que, finalmente, Ziyad (rahimahul·lah) accedió a aceptarlo.

Umar Bin Abdil Aziz (rahimahul·lah) también escribió al amo de Ziyad, pidiéndole que se lo vendiera. Sin embargo, este se negó y, en su lugar, decidió liberar a Ziyad (rahimahul·lah).

[Az-Zuhd, del Imam Ahmad, n.º 1725]

Lecciones

1. La verdadera grandeza se manifiesta en la humildad.

Por muy importante que sea una persona, su posición nunca debería llevarla a creer que está demasiado ocupada o que es demasiado importante como para dedicar tiempo a quienes se encuentran en una situación más humilde. A pesar de ser el gobernante, Umar Bin Abdil Aziz (rahimahul·lah) no consideró que Ziyad, quien era esclavo, estuviera por debajo de su atención. Una vez concluidos los asuntos que lo ocupaban, le dedicó toda su atención, se interesó por su bienestar y pasó tiempo conversando con él.

La verdadera humildad consiste en no permitir que la propia posición, riqueza o estatus nos lleven a ignorar a quienes se encuentran en una situación más modesta.

2. El temor a la rendición de cuentas debe acompañar al creyente.

Umar Bin Abdil Aziz (rahimahul·lah) fue una persona noble y recta. Aun así, cuando reflexionaba sobre la responsabilidad del liderazgo y sobre aquello por lo que tendría que responder ante Al·lah Ta‘ala, lloraba por temor.

Esto debería llevarnos a reflexionar sobre nuestra propia rendición de cuentas. Quizá no tengamos autoridad sobre miles o millones de personas, pero a cada uno de nosotros se nos han confiado responsabilidades por las que deberemos responder. Si una persona de tanta piedad y grandeza sentía un temor tan profundo ante la rendición de cuentas, nosotros nunca deberíamos permitir que nuestras propias deficiencias nos conduzcan a la complacencia ni a olvidar el Día en que compareceremos ante Al·lah Ta‘ala.