Imaginemos a una mujer cuyo marido la colma constantemente de regalos. Cada vez que ella desea algo, él se lo compra de inmediato. Le regala ropa nueva con frecuencia e incluso, de vez en cuando, la sorprende con un ramo de flores. A simple vista, parece tener un marido que la ama profundamente.

Sin embargo, adentrémonos por un momento en su corazón. A pesar de todos los lujos y obsequios, hay un vacío. Su marido casi nunca está en casa: sus horas están absorbidas por el trabajo y el poco tiempo libre que tiene lo pasa con sus amigos. Incluso cuando está presente, su mirada permanece fija en el teléfono móvil, no en ella. Dice amarla, pero sus acciones cuentan una historia muy distinta.

¿Qué es el amor sin tiempo? ¿Qué es el cariño sin atención? ¿Pueden los regalos reemplazar alguna vez el profundo anhelo del corazón de ser escuchado, visto y abrazado? Esa mujer puede llegar a sentir que, a pesar de todos los costosos obsequios, su marido la ha abandonado emocionalmente.

Ahora reflexionemos: ¿acaso no hacemos nosotros lo mismo con el Sagrado Corán?

Profesamos amor por Al’lah Ta‘ala. Hablamos de nuestro vínculo con Su Palabra. Sin embargo, muchos de nosotros colocamos el Glorioso Corán en un lugar privilegiado, envuelto en terciopelo o cuero, besado ceremoniosamente durante Ramadán, pero sin volver a abrirlo durante los meses siguientes. Incluso podemos presumir de haber comprado la mejor funda de seda o cuero del mercado, pero ¿qué valor tiene un tesoro que permanece intacto?

El amor no se demuestra con ostentaciones. El verdadero amor exige tiempo.

Quien ama verdaderamente a Al’lah Ta‘ala convierte al Noble Corán en su compañero. Su recitación calma la lengua, sus palabras resuenan en el corazón y su guía moldea la vida misma. Abandonarlo, aunque se le honre exteriormente, es semejante al esposo que colma de regalos a su esposa, pero le niega su presencia.

Al’lah Ta‘ala nos informa que, en el Día del Juicio, el Profeta Muhammad ﷺ se quejará ante Él de esta misma negligencia por parte de su umma:

‌وَقَالَ الرَّسُولُ يَا رَبِّ إِنَّ قَوْمِي اتَّخَذُوا هٰذَا الْقُرْآنَ مَهْجُورًا

«Y el Mensajero dirá: “¡Señor mío! Mi pueblo ha abandonado este Corán”». [Sura al-Furqán, 25:30].

Hagamos una pausa y consideremos: ¿cuánto tiempo de nuestro día consumen el teléfono móvil, las redes sociales y el desplazamiento interminable por las pantallas? Las horas transcurren entre notificaciones y actualizaciones. ¿Dedicamos siquiera la mitad de ese tiempo, o una cuarta parte, al Sabio Corán? Si nuestros corazones están verdaderamente apegados a Al’lah Ta‘ala, sin duda Su Palabra merece más que unos minutos fugaces mientras todo lo demás acapara nuestra atención.

El verdadero amante de Al’lah Ta‘ala es quien dedica tiempo cada día a recitar y meditar en Su Palabra, del mismo modo que un esposo devoto dedica tiempo a su amada. Aunque la vida sea exigente y las horas escaseen, atesora esos momentos con el Sublime Corán, pues en él encuentra alimento para su corazón, luz para su camino y la conexión de su alma con su Señor.

Consideremos de nuevo a aquella mujer y a su esposo. Lo que ella anhela no es el vestido ni el ramo de flores, sino su mirada, su voz y su cercanía. Del mismo modo, Al’lah Ta‘ala no necesita nuestras elaboradas cubiertas para el Corán. Las encuadernaciones lujosas y las cubiertas decorativas nada significan ante Él. Lo que desea es nuestra atención, que nuestros corazones se ablanden ante Sus Palabras y que nuestras vidas se conformen a Sus mandamientos.

Si afirmamos amar a Al’lah Ta‘ala, pero no somos capaces de dedicar siquiera unos minutos al día a leer Sus Palabras —el Corán—, entonces nuestra declaración de amor bien podría parecerse a la del cónyuge negligente: regalos sin presencia, palabras sin hechos.

No abandonemos el Sagrado Corán. Sentémonos con él cada día, aunque sea para recitar unas pocas aleyas. Dejemos que sus palabras penetren en nuestros corazones y que sus enseñanzas moldeen nuestras acciones. Porque, al final, el amor no se mide por lo que decimos ni por lo que mostramos. El amor se demuestra con el tiempo que dedicamos, la atención que brindamos y la vida que vivimos.