Imagina que tu único hermano o mejor amigo se casa. La emoción se respira en el ambiente y todos esperan con ansias la boda. Llega el día de la ceremonia y te sientas en la mesa rodeado de tu querida familia o amigos en esta ocasión tan especial. Sin embargo, cuando llega la comida, se te cae el alma a los pies y tu rostro se descompone.

«¡Oh, no!», piensas con consternación. Los del cáterin, como siempre, han hecho que el Biryani esté literalmente «bañado» en aceite. De hecho, parece que se han excedido con el aceite. Decir que estaba «bañado» se queda corto; el arroz estaba sumergido en aceite. Después de cuatro meses de dieta estricta y disciplina rigurosa, por fin habías empezado a perder esos kilos de más que siempre te habían atormentado. No querías que cuatro meses de esfuerzo se echaran a perder con un atracón de Biryani durante el fin de semana.

Pero entonces piensas: «No es algo que se haga todos los días; no voy a ser yo quien arruine la felicidad. Mi pobre hermano se sentirá mal si no como nada», y, en honor a tu hermano y a la alegría que produce la ocasión, te animas a comer tan siquiera unos bocados.

Los días de Udhiyah o Qurbani son días en los que el acto meritorio del ayuno se vuelve ilícito (haram). Esto se debe a que son días en que Al’lah Ta‘ala extiende una invitación a cada creyente. Al’lah Ta‘ala es el anfitrión más generoso y, por lo tanto, ofrece a sus invitados (nosotros) solo lo mejor: la carne de los animales sacrificados.

Cuando nos invitan a casa de alguien, nos aseguramos de probar al menos un poco de cada plato preparado para que el anfitrión sienta que toda la comida ha sido consumida y apreciada. Con motivo de la peregrinación de despedida (Hayy al-Wida), el profeta Muhammad ‎ﷺ mandó sacrificar no menos de cien camellos para la Udhiyah. Deseaba honrar la invitación de Al’lah Ta‘ala y también obtener las inmensas bendiciones contenidas en la carne de los animales; pero ¿cómo podría comer de cien camellos?

Para no privarse de las bendiciones y mostrar su agradecimiento a Al’lah Ta‘ala, ordenó que se tomara un trozo de carne de cada uno de los cien camellos, se colocara en una olla y se cocinara. Después, comió y bebió el caldo de esa olla [Sahih Muslim, n.º 2950]. De esta manera, obtuvo en tan solo unos bocados las bendiciones de cien camellos y también demostró a Al’lah Ta‘ala su gran anhelo por comer del alimento que Él mismo había elegido para la ocasión. [Sharh al-Nawawi, Sahih Muslim, vol. 1, p. 399]

¿Acaso podemos imaginar asistir a un evento de una persona prominente de la sociedad y llevar nuestra propia comida? Si nos lo preguntara, ¿le diríamos que su comida «está fuera de mi gusto» o «no me apetece», y que por eso preferimos la nuestra? ¡Jamás!

Al’lah Ta‘ala merece más honor que cualquier persona. Comamos al menos un poco de la carne del sacrificio y comprendamos que somos los invitados de Al’lah, y que la carne de la Udhiyah es lo que Él mismo nos ofrece en los días de Eid.

¡Qué triste es cuando llevamos nuestra propia comida a la invitación de Al’lah Ta‘ala y no comemos nada de la carne del sacrificio! Los hechos valen más que las palabras. ¿Qué le dicen nuestras acciones a Al’lah Ta‘ala?