‌اَللّٰهُمَّ ‌حَبِّبْ ‌إِلَيْنَا الْإِيـْمَانَ ، وَزَيِّنْهُ فِي ‌قُلُوْبِنَا ، وَكَرِّهْ إِلَيْنَا الْكُفْرَ وَالْفُسُوقَ وَالْعِصْيَانَ ، وَاجْعَلْنَا مِنَ الرَّاشِدِينَ

“Oh Al’lah, haz que amemos la fe y la embellezcas en nuestros corazones. Haz que aborrezcamos la incredulidad, los pecados y la desobediencia, y conviértenos en justos”. [Musnad Ahmad, #15492]

En esta súplica se nos enseña a pedirle a Al’lah Ta‘ala que nos haga amar la fe, que la embellezca en nuestros corazones y la haga profundamente atractiva. Esta súplica del Mensajero de Al’lah ﷺ no solo busca la fe en sí, sino un corazón que la ame y la adore; un corazón que encuentre en ella paz y consuelo.

Cuando la fe se vuelve amada y atractiva para una persona, esta cumple sus mandatos con todo su corazón, voluntad y alegría. A partir de entonces, incluso las acciones de la fe se vuelven amadas, y las adoraciones (Ibadah) surgen de manera natural. Ya no se adora por obligación, sino por atracción. El Salah deja de ser una tarea que completar y se convierte en una alegría que experimentar. Esto se debe a que el amor es el vínculo más fuerte entre el corazón y las acciones. El Mensajero de Al’lah ﷺ dijo: «La frescura de mis ojos ha sido puesta en la oración» [Sunan an-Nasai, #3939]. Esta adoración no depende del estado de ánimo ni de la conveniencia; fluye del amor.

A veces, una persona acepta algo únicamente por su resultado, no porque se sienta atraída por ello de forma natural, como quien toma un medicamento: puede que le desagrade su sabor, pero lo soporta por la cura que proporciona. De igual manera, una persona puede obedecer a Al’lah, el Altísimo, porque conoce el beneficio de la obediencia, aunque su corazón aún no haya encontrado alegría en ella. Esta súplica pide que el Iman y la fe no sea así —no algo que se practique con apatía por su recompensa—, sino algo hermoso en sí mismo, amado por lo que es.

Luego, la súplica pasa al otro lado de la balanza: pedimos a Al’lah, el Altísimo, que ciertas cosas se vuelvan odiosas y detestables para nosotros. La primera y más importante es el Kufr, es decir, la incredulidad en Al’lah, el Altísimo. La segunda es el Fusuq, que en este contexto se refiere a los pecados mayores. Por último, el Isyan abarca los pecados menores y los actos de desobediencia.[Al-Furūq, al-Qarāfī, vol. 1, pág. 101]

El creyente no está verdaderamente a salvo hasta que la desobediencia misma se vuelve desagradable para él. Cuando el corazón alcanza ese estado, incluso el pecado más pequeño se siente pesado. Quien antes luchaba por abandonar el pecado comienza a encontrarlo naturalmente repulsivo. Esta es la diferencia entre el Nafs Lawamah (el alma que se reprocha) y el Nafs mutmainnah (el alma tranquila): en el primero, el creyente lucha contra sus deseos; en el segundo, el corazón está en paz con la obediencia.

Finalmente, pedimos a Al’lah Ta‘ala que nos haga de los justos, aquellos que permanecen obedientes a Él en toda circunstancia y condición.

Esta súplica es una petición de transformación profunda, en la que la naturaleza misma del corazón cambia: el amor lo impulsa hacia la obediencia y la aversión lo aleja del pecado. Una persona no puede alcanzar esto solo con fuerza de voluntad; más bien, es un regalo de Al’lah, el Altísimo, que se obtiene mediante el esfuerzo (Muyahadah), la súplica sincera y la búsqueda constante de Él.

Cuando Al’lah, el Altísimo, concede este estado, la oración y el Salah se convierte en el descanso del corazón, el Zikr en alimento y la obediencia en placer. El mundo deja de controlar el corazón, y la persona vive con un propósito claro: amar lo que Al’lah ama y detestar lo que Él detesta.

[Adaptado de Sharḥ ad-Du‘ā’ min al-Kitāb wa as-Sunnah, pág. 501]