El hogar de una persona es su santuario y su lugar definitivo de confort. Por ello, cuando un niño se siente amenazado, su primer instinto es correr a casa, pues el hogar representa seguridad. Dado que nuestros hogares son espacios privados, destinados a nuestra comodidad y felicidad, solemos invertir tiempo y dinero en «arreglarlos» hasta que alcanzan el nivel deseado de seguridad, confort, belleza y funcionalidad.
Esto se observa fácilmente en el dinero que gastamos en pintura, azulejos, sistemas de alarma, cercas eléctricas, electrodomésticos de última generación, muebles, ropa de cama, suelos italianos, encimeras de granito, accesorios de baño, aire acondicionado, etc. De hecho, algunas personas son tan detallistas que cada habitación de la casa tiene su propio tema, con el cual deben armonizar las cortinas, las alfombras, los armarios empotrados, la ropa de cama e incluso los interruptores de luz y los enchufes.
Después de todo el esfuerzo y el dinero invertidos, el resultado es una casa «hecha a la medida», según las especificaciones exactas de la familia que vive en ella. El hogar queda exactamente como fue diseñado, brindando comodidad, seguridad e incluso entretenimiento. Por ello, muchas casas cuentan incluso con su propia piscina.
A la luz de lo anterior, ¿por qué se considera «triste», «desafortunado» o «deprimente» que una persona disfrute de sus vacaciones en casa? Si reflexionamos con honestidad, no hay muchos hoteles en el mundo que puedan igualar la combinación de comodidades que disfrutamos en nuestro propio hogar; e incluso aquellos que lo logran cobran precios exorbitantes por ello. Aun después de pagar esos costos, las almohadas no son como las que usamos habitualmente, por lo que despertamos con el cuello rígido. Las paredes que separan las habitaciones son demasiado delgadas o los pasillos están muy transitados, lo que provoca ruido e impide un descanso adecuado. La cortina de la ducha es demasiado pequeña y, como resultado, el piso termina inundado cada vez que nos duchamos. Además, durante la temporada alta, los ascensores suelen estar abarrotados, por lo que podemos tardar hasta veinte minutos solo en llegar al vestíbulo desde nuestro piso.
Si se nos antoja algo tan simple como una taza de té y no estamos dispuestos a pagar la tarifa excesiva del servicio de habitaciones, debemos prepararla nosotros mismos en una tetera de plástico que amenaza con hacer ruido al hervir sobre la encimera, y luego conformarnos con crema en lugar de leche. En ocasiones, debido a los horarios de los vuelos, llegamos al hotel antes de la hora de check-in y nos vemos obligados a pasar valiosas horas esperando en el vestíbulo, sin poder siquiera descansar o refrescarnos tras un largo viaje.
Y, por supuesto, ¿nos enfrentamos a alguno de estos inconvenientes en casa? El propósito de las vacaciones es recargar energías y relajarse. Con un cambio de mentalidad, nos daremos cuenta de que, para la mayoría de nosotros, nuestro hogar, con todas sus comodidades, es en realidad el lugar más adecuado para cumplir ese propósito. Por lo tanto, no siempre es necesario gastar una fortuna ni viajar a destinos lejanos cada vez que llega la época de vacaciones.
Que Al’lah Ta‘ala haga de nuestros hogares lugares de comodidad, consuelo y plenitud.
